Cris siempre había sido luz, te lo dirá la gente que la conoce. Es de esas personas que caminan dejando una estela de risa y algo parecido a la esperanza. Hasta 1992. Ese año, el accidente. Y de repente, la pausa. La vida reducida a una habitación blanca, al eco de los propios pensamientos, al descubrimiento de que los días son frágiles y que la piel siente más de lo que suponemos.

Fue en esa pausa donde la semilla de AKEMI empezó a germinar. Cristina cambió su alimentación, limpió su despensa, y notó cómo su cuerpo respondía con gratitud. Más energía, más ánimo, una sensación de habitarse de nuevo. Entonces llegó la pregunta, casi como un susurro insistente: “Si mi cuerpo agradece lo que como, ¿qué pasaría si mi piel recibiera lo mismo?”
Llegaron los cursos, las fórmulas, la alquimia doméstica. Aceites, mantecas, arcillas: un laboratorio pequeño y apasionado, donde cada experimento olía a promesa. Y también la indignación silenciosa: descubrir etiquetas llenas de químicos, conservantes tóxicos y nombres impronunciables que prometían belleza y entregaban engaños. La industria del “orgánico” que no era orgánico. El “natural” que no conocía ni una planta.

Pero Cristina siguió. Más curiosa, más comprometida, más convencida. Tomó su primer curso de jabones naturales. Preparó su primera barra. La espuma nació, cremosa, suave y mágica. Espuma de chocolate ¡Wow! La piel respondió al instante: humectada, feliz, casi agradecida. Fue el inicio de una lista que nunca termina: desodorantes, champús sólidos, acondicionadores, exfoliantes. Cada producto era una victoria pequeña y brillante.
Para 2016, AKEMI ya tenía una misión clara: cero desperdicio. Jabones desnudos, champús sólidos, productos que no dejan basura detrás. Todo lo que podamos hacer para mantener nuestro planeta más limpio y saludable.
En su primera feria de Navidad, el stand de Akemi era un rincón luminoso entre luces y aromas cálidos. Ganaron el primer premio a emprendimiento innovador. Fue oficial: la pequeña revolución de la belleza limpia había empezado.
Vinieron los retos: ferias, pandemia y expansión. Mientras otros negocios bajaban persianas, AKEMI se adaptaba. Lotes pequeños, clientes fieles, comunidad creciente. Ocho jabones con registro sanitario, fórmulas propias probadas y amadas. Una tienda física que olía a avena y maracuyá. Cada logro, un paso más cerca del sueño: que la marca camine sola, que llegue a más ciudades, que se convirtiera en un referente de consciencia y belleza limpia en América Latina.
Hoy, AKEMI está en su momento de renacer. La marca se refresca. Nuevas ideas, nuevos servicios —como el face spa— y un propósito más grande: fortalecer la corriente global de autocuidado consciente y sostenible.

Cris y Rodrigo sueñan con una red de personas que se apoyan, se escuchan, se cuidan como cuidan al planeta. Porque AKEMI nunca fue solo una línea de jabones. Es un recordatorio suave y constante: la belleza real es limpia y luminosa, por dentro y por fuera.
Y empieza contigo.


